Mr.PlanB Logo
    Volver al blog
    Nube

    El bum de los centros de datos de IA se parece a 1999 con chips más calientes y una mecha más corta

    15 de junio de 2026
    7 min de lectura

    El fantasma de la fibra oscura está de vuelta

    Cualquiera que recuerde la fiebre de la fibra a finales de los 90 reconocerá el paralelismo al instante. En aquella época, las operadoras de telecomunicaciones miraban a internet y veían un apetito insaciable de ancho de banda. Se endeudaron con fuerza, abrieron zanjas, tendieron fibra como si el futuro dependiera de ello y de pronto chocaron contra una realidad muy simple: la demanda llegó tarde. Gran parte de ese vidrio quedó en la oscuridad, varios promotores quebraron y la infraestructura la adquirieron más tarde a precio de saldo otros actores que la aprovecharon para construir la red en la que hoy vivimos. Esa historia explica por qué el auge actual de los centros de datos para IA resulta tan fascinante como inquietante.

    El temor no radica en que la IA sea un engaño o en que la necesidad de cómputo vaya a esfumarse de un día para otro, sino en los tiempos. Un veterano de las telecomunicaciones lo expresó con lucidez: el largo plazo puede tardar siete años en llegar, y quienes construyen con demasiada antelación quizá no sobrevivan para verlo. La fibra podía esperar, porque al vidrio le da igual quedarse una década sin usar. Con las GPU la historia cambia. Envejecen a gran velocidad, pierden valor de mercado rápidamente y la siguiente generación las adelanta antes de que el modelo de negocio madure. Un tendido de fibra oscura era un activo dormido; una sala entera de GPU sin actividad se parece más a un bloque de hielo derritiéndose al sol.

    Dinámicas de burbuja, tecnología real

    Varias personas matizaron esta comparación, y tenían argumentos de peso. El despliegue masivo de fibra a finales de los 90 no fue una simple insensatez. Un comentarista señalaba que la parte costosa era la mano de obra y la obra civil, no el cable en sí: zanjas, canalizaciones, licencias, cuadrillas y derechos de paso. Si ya estabas excavando, meter filamentos extra solía ser la decisión más racional, por lo que tacharlo de despilfarro ignora la lógica de planificación. En ese sentido, la analogía con la IA tiene límites. Un centro de datos preparado para computación de alta densidad implica bastante más que tender cables adicionales: contratos de suministro eléctrico, refrigeración líquida, hardware especializado, bastidores, PDU y una carrera carísima contra la obsolescencia.

    Con todo, el ambiente general resulta muy familiar: capital desbordante, prisas por acaparar suelo, empresas quemando dinero para aparentar liderazgo y una monetización que se fía a la confianza futura de los inversores. Alguien lo resumió como dinámicas de burbuja con una transformación técnica real de fondo. Probablemente sea la lectura más honesta. La burbuja de las puntocom estuvo repleta de disparates, pero internet no era ningún disparate. La IA podría estar recorriendo un camino accidentado parecido, con exceso de capital, demasiado revuelo y demasiadas compañías frágiles, sin dejar de ser una tecnología que alterará permanentemente el software, las búsquedas, los medios y los flujos de trabajo.

    La gran diferencia: hoy cualquiera puede usarlo

    La diferencia capital frente a los años 90 es que la adopción actual no tiene que esperar a que los usuarios se conecten a la red. Por entonces, las promesas de internet iban muy por delante de la experiencia real de uso. Millones de hogares seguían con módems de marcación telefónica, la banda ancha daba sus primeros pasos y el vídeo en streaming era pura ciencia ficción doméstica; la infraestructura y los usuarios no estaban listos al mismo tiempo. La IA llega a un escenario muy distinto. La conectividad a internet ya es un servicio básico universal, y los teléfonos móviles, portátiles, aplicaciones en la nube, API, plataformas SaaS y sistemas empresariales están totalmente implantados. Con la capa de distribución ya resuelta, desaparece uno de los grandes frenos que castigaron al primer auge de internet.

    Por ese motivo hay quienes creen que la demanda de tokens continuará absorbiendo toda la capacidad disponible. Un usuario comentaba que confía en que cualquier token generado se venderá en un futuro previsible. Otro argumentaba que la mejora en las capacidades de los modelos abrirá nuevos casos de uso en vez de limitarse a abaratar tareas ya existentes. Ese matiz es relevante. Si disponer de modelos más potentes estimula la demanda en lugar de reducir el consumo de cómputo, las mejoras de eficiencia no rebajarán el consumo eléctrico total ni la necesidad de GPU, sino que agrandarán el apetito. Es la clásica paradoja tecnológica donde un suministro más barato multiplica el consumo.

    El dilema de las GPU es la parte más inquietante

    La advertencia más seria sigue apuntando al hardware. La fibra era paciente; las GPU tienen una cuenta atrás implacable sobre cada rack. Un acelerador con tres años de vida puede seguir funcionando, pero su ecuación económica cambia con rapidez cuando los chips nuevos aportan más cómputo por vatio, mayor ancho de banda de memoria, redes más veloces y soporte para arquitecturas de modelos más avanzadas. Una voz prudente alertaba de que una sala repleta con los chips de hoy podría valer una fracción dentro de tres años. Otro usuario replicaba que las GPU de generaciones previas continúan siendo útiles y rentables, y que algunos operadores de IA conservan hardware anterior en producción en vez de desecharlo.

    Ambas visiones tienen parte de razón. Las GPU no caducan como los alimentos frescos. Pueden operar durante años, y todavía hay tarjetas usadas en minería de criptomonedas que rinden perfectamente. Pero en la IA corporativa, que el silicio encienda es lo fácil; lo determinante es si genera ingresos suficientes frente a la factura eléctrica, la refrigeración, el espacio en sala, el mantenimiento y el coste de oportunidad. Un chip puede estar físicamente vivo y financieramente muerto, que es la frontera tajante entre lo aprovechable y lo competitivo. Si la demanda sigue al alza, el hardware amortizado encontrará acomodo. Si la utilización decae, esas mismas tarjetas pasarán a ser estufas muy caras con luces intermitentes.

    La energía eléctrica es la nueva fibra

    La carrera a finales de los 90 buscaba descongestionar las redes telefónicas. La carrera de hoy compite por la energía. Un comentarista señalaba que el verdadero embudo no es el cómputo sino la electricidad disponible, y que la energía nuclear a gran escala, el refuerzo de las redes de distribución y la generación aislada ya forman parte habitual del debate. Otra voz discrepaba de que los centros de datos estén aliviando la red, afirmando que a corto plazo causan justo el efecto contrario. Esa tensión se palpa en todas partes. Los centros de datos exigen electricidad masiva, fiable y económica; las eléctricas reclaman tiempo; las comunidades locales piden facturas más bajas; y los promotores exigen rapidez. La física, de forma tozuda, pide calma a todo el mundo.

    Aquí es donde el auge de la IA parece más peligroso que el de la fibra. La fibra oscura no demandaba megavatios cada hora mientras esperaba clientes, pero los centros de datos vacíos preparados para IA conllevan compromisos de potencia firme, sistemas de enfriamiento, ocupación de terrenos y un riesgo financiero continuo. Una persona explicaba que trabajaba en una instalación para IA de unos 50MW con el alquiler pagado por contrato, cero servidores en marcha y sin visos de recibir máquinas a corto plazo. Otra apuntaba que hay operadores que llenan capacidad sin problemas, sobre todo en mercados consolidados como el norte de Virginia. Esa disparidad resulta reveladora: el auge es real, pero no se manifiesta con la misma fuerza en todas partes.

    Los supervivientes podrían ganar tras el tropiezo

    La época de la fibra nunca enseñó que no hubiera que construir. Su lección fue que los primeros en construir no siempre son quienes se llevan la victoria. La infraestructura perduró, pero muchas empresas se quedaron por el camino. Si la IA sigue ese mismo guión, las instalaciones caras que queden desiertas podrían encontrar utilidad más adelante. Los centros de datos pueden comprarse con descuento, reorientarse, llenarse con operadores más sólidos o adaptarse a nuevas cargas computacionales. Lo que nadie sabe es si las GPU y las instalaciones concebidas para IA mantendrán su valor el tiempo suficiente para disfrutar de esa segunda vida. Una ruta de fibra podía aguardar a que la demanda madurara, pero un clúster de GPU necesita facturar antes de que la siguiente hornada de procesadores lo deje obsoleto.

    De modo que el fantasma de 1999 sobrevuela el sector, aunque no se trate de una copia exacta. La IA cuenta con canales de distribución más ágiles, mayor tracción corporativa, acceso directo para los usuarios y una presión sobre la infraestructura que va desde el silicio hasta la red de alta tensión. Pero también arrastra cuentas de burbuja, hipótesis frágiles y un ritmo de depreciación del hardware que los magnates de la fibra nunca tuvieron que afrontar. El desenlace probable será complejo: tecnología transformadora, exceso de capacidad, quiebras sonadas, ganadores claros y una gran cantidad de equipamiento valioso cambiando de manos cuando la música deje de sonar. El futuro acabará necesitando toda esta potencia de cálculo. El riesgo evidente es que ese momento tarde justo lo necesario para arruinar a quienes pagaron la primera ronda.